Domingo 3 del Tiempo Ordinario: En la misma dirección

LUCAS 1, 1-4; 14-21


Ilustre Teófilo
IMuchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el Libro del Profeta Isaías y desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
--“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor".
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó.
Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:
-- Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír.

JOSÉ ANTONIO PAGOLA
ECLESALIA, 20/01/10.- Antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. Los cristianos han de saber en qué dirección empuja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección.
Lucas describe con todo detalle lo que hace Jesús en la sinagoga de su pueblo: se pone de pie, recibe el libro sagrado, busca él mismo un pasaje de Isaías, lee el texto, cierra el libro, lo devuelve y se sienta. Todos han de escuchar con atención las palabras escogidas por Jesús pues exponen la tarea a la que se siente enviado por Dios.
Sorprendentemente, el texto no habla de organizar una religión más perfecta o de implantar un culto más digno, sino de comunicar liberación, esperanza, luz y gracia a los más pobres y desgraciados. Esto es lo que lee. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor ». Al terminar, les dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».
El Espíritu de Dios está en Jesús enviándolo a los pobres, orientando toda su vida hacia los más necesitados, oprimidos y humillados. En esta dirección hemos de trabajar sus seguidores. Ésta es la orientación que Dios, encarnado en Jesús, quiere imprimir a la historia humana. Los últimos han de ser los primeros en conocer esa vida más digna, liberada y dichosa que Dios quiere ya desde ahora para todos sus hijos e hijas.
No lo hemos de olvidar. La "opción por los pobres" no es un invento de unos teólogos del siglo veinte, ni una moda puesta en circulación después del Vaticano II. Es la opción del Espíritu de Dios que anima la vida entera de Jesús, y que sus seguidores hemos de introducir en la historia humana. Lo decía Pablo VI: es un deber de la Iglesia "ayudar a que nazca la liberación...y hacer que sea total".
No es posible vivir y anunciar a Jesucristo si no es desde la defensa de los últimos y la solidaridad con los excluidos. Si lo que hacemos y proclamamos desde la Iglesia de Jesús no es captado como algo bueno y liberador por los que más sufren, ¿qué evangelio estamos predicando?, ¿a qué Jesús estamos siguiendo?, ¿qué espiritualidad estamos promoviendo? Dicho de manera clara: ¿qué impresión tenemos en la iglesia actual?, ¿estamos caminando en la misma dirección que Jesús?

El Bautismo del Señor: El hijo amado y el predilecto del Padre

Lucas 3, 15-16.21-22
En aquel tiempo el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías: él tomó la palabra y dijo a todos:
-- Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
En un bautismo general Jesús también se bautizó. Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajo el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:
--Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto
Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Si cada cultura y cada tiempo de esta cultura tiene su lenguaje peculiar, lo que llamamos argot, también tiene sus signos. Para entender ambos lenguajes es preciso estar sumergido en el ambiente. Pongo un ejemplo. Cuando hoy en día decimos que alguien ha caminado sobre la alfombra roja, estamos señalando que se trata de una persona privilegiada, invitada y con probabilidad candidata, a recibir una condecoración. Hace unos años hablar de una alfombra roja o de otro color, nos hubiera dejado indiferentes. Algo semejante ocurre con la camiseta que viste el líder de una carrera ciclista. Entiende el significado el entusiasta seguidor de tal deporte. Ahora mismo, mis queridos jóvenes lectores, no puedo acordarme del que corresponde al Tour de France y me acuerdo solamente de la maglia rosa del giro de Italia. Hay que estar metido en el ajo, para entender el lenguaje de los símbolos.
2.- El bautismo, el remojón ritual, era un signo que en aquel tiempo practicaban los judíos para aceptar solemnemente a un prosélito. Lo hacían en un lugar escogido y bien preparado. Dicen que el de Besalú, población catalana, es el mejor conservado de Europa occidental. Los famosos monjes, seguramente esenios, de Qumram, también sometían al novicio a tales ceremonias.
Hay que estar enterado de las costumbres y hay que haber permanecido por aquellas tierras, para entender el gesto. Si os digo que en general son territorios donde escasea el agua y donde la temperatura puede alcanzar los 48 grados, comprenderéis un poco lo apetecible que resultaba una tal ceremonia.
El texto de la misa de la fiesta este año, que sigue el ciclo C, es del evangelista Lucas. No da detalles, los primeros destinatarios sabían bien de qué se trataba. Sorprende, pues, que el gran Juan, el conocidísimo precursor, afirme que lo que el hace no es más que un simple proyecto de lo que se está preparando. Él lo practica con agua, elemento que abundaba en aquel paraje del Jordán, pero lo importante será lo que vendrá más tarde: una inmersión en espíritu Santo y en fuego. Sin duda sus palabras, las del Bautista, indican humildad, pero el auditorio no lo entendía. Añádase que, como si nada hubiera dicho, él continuaba remojando, es decir bautizando.
3.- Pero llegó un día, uno de tantos días, que entre la multitud se acercó anónimamente Jesús y anónimamente quiso ser sumergido. Siendo como era un signo de penitencia, lo practicaba Él, que de nada debía arrepentirse. Ante tamaña humildad, la Divinidad no pudo resistir y se manifestó en pleno. Primero el Espíritu, cual paloma que se posa en un lugar que le complace. A continuación intervino el Padre. (Hay que advertir, que si afirmamos que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre, es decir se encarnó, de ninguna manera decimos que la Tercera se hizo paloma, de otra manera se empalomó, ni que el Padre fue una simple y perdida psicofonía).
En este momento solemne, lo importante fue el mensaje, la declaración: aquel sencillo galileo, era el Hijo amado y predilecto del Padre. En consecuencia los que lo oyeron y lo que nosotros debemos escuchar y asimilar, es esta definición que la vuelvo a repetir: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto. Bueno será que nos planteemos si lo recordamos con frecuencia. Que Jesús, sus enseñanzas y su manera de obrar son admirables, nadie cuerdo lo duda. Pero no es suficiente si le queremos ser fieles. Es preciso hablarle, lo que llamamos oración de súplica, que si es exclusiva nos convierte en pedigüeños. También es necesario reconocerle como Dios, que no solo es acto de justicia, proclamárselo nos da también confianza, sabemos así en quien nos fiamos.
NOTAS MARGINALES. El lugar del bautismo está perfectamente acotado en el evangelio de Juan. Se trata de una Betania situada en la otra orilla del Jordán. La separaba de la que tenía el mismo nombre y donde vivía Lázaro, Marta y María, unos 30 Km. Hoy en día, la situación estratégica del sitio, ha ocasionado que por el lado israelí, es decir el occidental, esté sembrado de minas antipersona. Al mismo convento franciscano donde había palmeras, hoy nadie puede acercarse. Para consuelo de peregrinos, el ejército permite acercarse a los católicos, los latinos allí nos llaman, el último jueves de octubre. He estado y concelebrado en dos ocasiones, es una maravilla. Por el lado Este, los jordanos han adoptado una actitud diferente. El paraje es un parque natural, sometido, pues, a las correspondientes normas. Los arqueólogos descubren restos de época bizantina, y posteriores. Se levantan ahora algunas modernas iglesias de los diferentes ritos.
Debo confesar que el río, el Santo Río Jordán, se ha hecho vertedero al Mar Muerto de cloacas, en consecuencia el agua baja sucia y maloliente. Los que nos traemos como recuerdo algún envase, debemos hervirla y filtrarla.
El gobierno israelí, para consuelo de viajeros, ha montado, en un lugar próximo a la desembocadura del lago de Genesaret, el llamado Yardenit, un espacio apto para bautismos auténticos, lo he presenciado en diversas ocasiones, o para renovación simbólica del sacramento. Personalmente, me gusta mojar mientras digo seriamente: recuerda y renueva tu bautismo, que se hizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. (En este sitio sí que el agua es pura y cristalina).

Domingo IV de Adviento: Familia, Amistad, Fidelidad


Lucas 1, 39- 45 
 
En aquellos días, María se puso de camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel escuchó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo voz en grito:
--¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.


Por Pedrojose Ynaraja

1.- María entonces tendría doce años. Dado que, como os he explicado otras veces, ni anatómica ni culturalmente, existía la etapa que llamamos adolescencia, es decir que de la segunda infancia se pasaba directamente a la primera juventud, debéis imaginaros que parecería una joven actual de unos 19 años. Se le había comunicado una noticia inefable, se sentía objeto de la predilección divina y gozaba con ello. Comunicar un secreto, hacer una confidencia a alguien, son señales de confianza y de cariño. Ahora bien, en el interior de la persona que lo recibe, se genera un conflicto. Guardar en el interior es un privilegio, pero no poder comunicarse con alguien que te entienda, se hace difícil. Y María no era diferente de las demás personas. Ya que se le había confiado que su pariente, hoy la llamaríamos tía segunda o tercera, también era depositaria de un mensaje relacionado con el suyo, decidiría compartir sus cuitas con ella.
Os puede extrañar que una jovencita parta sola hacia un pueblo lejano. Os lo vuelvo a repetir: su cultura era diferente de la nuestra. Ella ni sabría leer, ni mucho menos escribir. No tenía noción del número cero, ni estudiado geografía. Sabía moler grano y pasarlo por el cedazo, amasar la harina mezclada con agua, añadir levadura a la pasta y dejarla fermentar unas horas en ambiente cálido, para meterla más tarde en el horno. Sabía tejer en el pequeño telar vertical doméstico, piezas sencillas de tela, recoger el jugo de las aceitunas prensadas y decantarlo y almacenarlo en ánforas o silos. Sabía muchas cosas que vosotros, mis queridos jóvenes lectores, ignoráis. Era decidida, honrada y fiel, como vosotros podáis serlo. Aunque, sin duda, os ganaría en este terreno. Por el camino sentiría impaciencia y los nervios atenazarían y revolverían sus pensamientos. No hay que olvidar que su Fe era humana y que, como la nuestra, los teólogos digan que es esencialmente oscura. Los más de cien kilómetros que debió recorrer, serían una buena prueba para su coraje.
2.- Seguramente no seguiría el camino más directo, el que pasa por tierras samaritanas. Lo más probable es que bajara a la cuenca del Jordán y caminara con su borriquillo, hasta llegar a Jericó y desde allí subir a Jerusalén, para llegarse a la vecina población, distante unos pocos kilómetros. La tensión que sufriría por el camino, acabaría en el encuentro con Isabel. Sus miradas se cruzaron y sus corazones se fundieron. En el lenguaje coloquial de hoy, diríamos que desde el principio, hubo buena química entre ellas. Se abrazaron y la anciana se adelantó a hablar. María se daría cuenta de inmediato de que con ella podría fácilmente intimar y comentar los proyectos que Dios tenía sobre ella y que no llegaba a comprender.
3.- A los ojos de la gente, el prodigio residiría en Isabel. Que una chica estuviera encinta, era común en aquel tiempo. Lo insólito, era que la viejecita, esposa del sacerdote Zacarías, lo estuviera. Recordaría ella, que algo semejante le había ocurrido a su antepasada Sara, esposa del patriarca Abraham, cosa que la regocijaría. Según se cuenta por aquellas tierras, sentía cierta vergüenza de su estado de buena esperanza, como vulgarmente se dice, por lo que la visita de María, otorgaba paz a su interior. Un interior que había sufrido la congoja de ver como pasaban los años, sin conseguir descendencia. Satisfecho su impulso maternal, ahora se le añadía la visita de la madre del Señor, del Dios a quien su marido servía en el templo de Jerusalén y que, tozudo que era él, no había sabido escuchar con confianza. La mudez del esposo también la enojaría. Ahora su intuición, o ¿acaso se trataba de una revelación particular?, le revelaba quien era la que la visitaba y de inmediato pensó que en ella podría depositar también ella sus cuitas. La visitación no fue un simple encuentro, fue un momento de gran calado espiritual para las dos.
Quisiera que ahora, mis queridos jóvenes lectores, vosotras especialmente, os preguntarais: ¿me hubiera comportado yo como lo hizo ella? ¿Sé compartir y servir, comunicarme, comprender y agradecer a los demás y a Dios, como lo hizo María?

4.- ANOTACIONES MARGINALES: El texto no dice de qué población se trataba. La tradición ha señalado que era Ein-Karen, a unos 4Km entonces de Jerusalén. Hoy forma parte de la metrópoli que la ha anexionado. La arqueología lo confirma y creo que nadie pone en duda que se trataba de esta localidad. Cuando el peregrino llega, si tuerce a la derecha, a pocos metros encuentra una iglesia donde, en el altar de la cripta, una inscripción le informará: aquí nació el Precursor. Volviendo al cruce y doblando a la izquierda, el viajero pasa por una fuente que sin duda fue a la que iba la Virgen a buscar agua, de aquí que se la llame Ain-sitti-Miryan (fuente de la señora María). Llega por fin a lo que serían antiguamente las afueras del pueblo, allí donde viviría medio escondida Isabel, contenta y vergonzosa a la vez, y donde la encontró María. Fue allí donde se pronunció el Magníficat. A cierta distancia, tal vez un kilómetro, cerca de un manantial de agua purísima, próximo a una iglesita preciosamente decorada, se encuentra otra, austera, solitaria y silenciosa. En su interior no hay nada más que un sepulcro, el de Santa Isabel. La mayoría de peregrinos ignoran este rincón. Por mi parte, desde que lo descubrí, no me lo pierdo nunca, aunque carezca de espectacularidad. Por el camino encuentro, recojo y como con emoción, alguna algarroba, ya que en muchos sitios, a este fruto en leguminosa, se le llama precisamente el “pan de san Juan”.

Domingo III de Adviento: "quehaceres" y ¿Qué hacer? es...

Lucas 3, 10-18


En aquel tiempo, la gente preguntó a Juan:
-- ¿Entonces, qué hacemos?
Él contestó:
-- El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.
Vinieron también a bautizarse unos publicanos, y le preguntaron:
-- Maestro, ¿qué hacemos nosotros?
Él les contestó:
-- No exijáis más de lo establecido.
Unos militares le preguntaron:
-- ¿Qué hacemos nosotros?
Él les contestó:
-- No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga.
El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:
-- Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en la mano la horca para aventar la parva y reunir el trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.
Añadiendo otras muchas cosas exhortaba al pueblo y les anunciaba la Buena Noticia.



La lectura del evangelio de hoy es algo curiosa. Parece como si un grupo de niñitos buenos se dirigieran a su maestra diciendo: y ahora ¿qué hacemos?. Como si estuvieran inmersos en una maraña de actividades y como si nunca hubieran roto un plato.

Es decir, que a mí esto me suena a un “qué hacemos” en el sentido ¿y ahora que toca? y un “qué hacemos” en un sentido ético: ¿qué debemos hacer?

¡Cuántas veces me pregunto “y esto ¿para qué lo hago?”! ¡Cuántas veces miro en la agenda para responder “y luego ¿que toca hacer?”!

Sin duda alguna no podemos vivir sin los “quehaceres” cotidianos, pero sí le podemos prestar mucha atención al ¿por qué lo hacemos?

¿Por qué lo haces? Piénsalo. ¿Qué razones aparecen en el trasfondo de tu agenda? ¿Qué hay detrás de cada actividad?


Imagina un desfiladero profundo. Un camino más bien agreste. Mucho verde, rocas, árboles. Al fondo se oye el agua de un río que corre. Y a medida que avanzas kilómetros por ese sendero, que a veces baja y luego vuelve a subir, en algún momento el agua está cerca, a la vista, casi puedes tocarla. Otras veces desaparece y sólo se oye como un rumor o un murmullo. Pero está ahí. Y tú en el camino a veces te sientes cansado, y otras lleno de energía. Tal vez has parado a recuperar fuerzas. Ahora vas hablando con tus gentes, o cantando, y luego hay silencio. Hoy hay sol, y tal vez mañana habrá tormenta. Pero el murmullo del torrente, el agua que corre está ahí.




El milagro

Si un día, al despertar,
veis que en los brazos
os han crecido ramas,
que minúsculas hojas como estrellas
brotan de vuestros dedos,
y que la piel os cubre lentamente
de un musgo serenísimo.
Si no podéis andar, porque una hermosa
maraña de raíces
nace de vuestros pies y os encadena
buscando entre la tierra las ocultas
respuestas a la sed,
el ciego origen
de la piedra y el agua.
Si el viento es algo más que una llamada
batiendo los cristales,
y se acerca a vosotros y os acuna
con antiguas canciones,
desvelando a los pájaros lejanos
que os arden en el pecho.

Si el río es un vecino venerable
y su voz os alienta y acompaña
en las tardes oscuras,
y alumbra vuestros ojos describiendo
sus remotas andanzas,
el clamor de sus huellas imposibles...
No temáis, el milagro
se ha hecho luz vegetal, fructificada
promesa en vuestra sangre:
Árboles sois, anclados universos,
esperanza de humanas primaveras,
prisioneros y libres. No os preocupe
la especie ni la forma:
es igual ser ciprés, nogal, olivo,
araucaria o enebro. Lo que importa
es disponer de sombra y ofrecerla
a todo caminante,
vigilar en silencio los cruceros,
y aguantar la llegada de quien quiera
grabar en vuestro tronco
unas pobres palabras de tristeza,
un radiante dibujo de alegría
o una fecha de amor entre iniciales.

 Antonio Porpetta,  
Los siglos violados (1985)


Tomado de la página: http://www.pastoralsj.org/docs/alegria2.asp

Domingo II de Adviento: Caminos en el desierto

Lucas 3, 1-6

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del Profeta Isaías.
-- Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.



La verdad es que no me imagino ningún camino en ningún desierto, o al menos en la imagen que a primera vista me viene de desierto. Arena, inmensidad, dunas, rocas. Soledad, uno mismo, silencio; eso es todo lo que nos podremos encontrar allí.




Todo lo contrario a lo que vivimos, vemos y sentimos en nuestro día a día: televisión, radio, periódicos gratuitos, coches, ajetreos, metros, autobuses, música; en definitiva, vivimos rodeados de gente, de ruidos, quizás sea porque nos asuste enfrentarnos a una pequeña dosis de desierto.

Y desde el desierto se nos grita ¡Prepara el camino! Por mi experiencia, sé que ningún camino es cómodo. Necesitamos recorrer distancias para ir a trabajar, para ir a estudiar, para ir de vacaciones, para ir a comprar. No sé si alguna vez habrás pensado ¡si pudiera apretar un botón y aparecer allí!

Estar en camino supone muchas cosas: tener un punto de partida y uno de llegada, desgastes, cansancios, posibilidad de ver diferentes paisajes (de ver la realidad desde más puntos de vista), encontrarse con gente, encontrarse con la naturaleza, ir ilusionándose al ir llegando al destino, quejarse por saberse lejos del destino y del punto de orígen…



Vuelvo al inicio. Si desde el desierto se nos invita a preparar el camino, será por algo. No se nos invita a llegar al destino, se nos invita a ser camineros (como el viejo oficio), a ser “preparadores de caminos”, de los nuestros propios, de los demás, de la Iglesia.


VOCARE

Avisos


Viernes 12 de febrero. 20.00h.: Vigilia del día del Bocata Solidario.

Si necesitas materiales para ayudarte en la catequesis, busca abajo, en la sección "Rincón del Catequista".