31 de mayo de 2009

Amigo, la resonancia - Pascua de Pentecostés

“Al anochecer de aquel día, primero de la semana, entró Jesús y se puso en medio de sus discípulos. Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. (Juan 20)

Un estudiante buen músico además, deseaba comprar una guitarra. Buscó entonces a un conocido fabricante, el cual le ofreció tres ejemplares de hermosa contextura y admirable sonido. Sin embargo, cuando se habló de precios, el comprador se sorprendió:

-Demasiado caras, maestro.

Pero el artesano replicó:

-Pudiera ser, amigo. Pero aquí cuenta ante todo la resonancia.

La Biblia y los autores religiosos nos hablan de las formas como el Señor resuena en la cada uno de nosotros, en la creación y en la historia. Con estos elementos se ha articulado una teología inmensa y profunda sobre el Espíritu de Dios. Sobre la acción del Espíritu Santo.

De otro lado los hebreos, cuando explicaban la influencia, la proyección del Creador sobre el mundo, usaron la imagen del aliento. Ellos imaginaban que éste nacía del corazón. “El soplo de Dios se cernía sobre las aguas”, leemos en el Génesis. Más adelante se acostumbró ungir con aceite a los profetas y a los reyes. Y también los altares. Para indicar que el aliento del Señor estaba en ellos. Aliento que dio al pueblo fortaleza en medio de innumerables peripecias.

Sobre ese hálito de Dios habló Jesús a sus seguidores muchas veces. Especialmente en el sermón de despedida. Señaló entonces que luego les enviaría una fuerza que Él llamó Espíritu de Verdad, Consolador, Defensor. Sin embargo hubo necesidad de un signo más expreso, para que los discípulos entendieran todo esto.

Al finalizar las cosechas, cincuenta días después de la Pascua, los judíos celebraban Pentecostés, una fiesta de acción de gracias. Cuando los sacerdotes ofrecían en el templo panes preparados con la harina nueva, en medio del regocijo popular. Luego de la Ascensión del Señor los discípulos continuaron en Jerusalén de forma clandestina, sin atreverse a iniciar ninguna tarea. Diríamos que hilvanaban sus memorias, tratando de clarificar el futuro. Entonces Dios se les mostró de manera sensible, como cuenta san Lucas: “De repente un ruido del cielo como un viento recio resonó en toda la casa. Y vieron aparecer unas como llamaradas, que se posaban encima de cada uno. Y se llenaron todos de Espíritu Santo”.

Esto correspondía a otra escena ocurrida en el mismo lugar, semanas antes: “Al anochecer del día primero de la semana, el Señor resucitado llegó al recinto, estando cerradas las puertas y exhalando su aliento sobre los discípulos, les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.

Todos los creyentes, con mayor o menor claridad, hemos sentido que Dios influye en nuestras vidas. Su resonancia nos ha hecho vibrar cuando nuestra maldad no lo impide. Lo cual san Pablo consignó en sus escritos, al codificar los resultados de ese aliento divino que transforma el corazón: Los dones y los frutos del Espíritu Santo. Con razón la poesía religiosa ha rimado en bonitas estrofas esa presencia transformante. Y la ha llamado Lumbre, Consuelo, Descanso, Calor, Purificación, Brisa. Expresiones inexactas además, como las del lenguaje del amor. Como los términos del lenguaje teológico.

Pero también nosotros podemos replicar: Amigos, cuando hablamos de Dios lo que cuenta, ante todo, es su sorprendente resonancia.

Gustavo Vélez, mxy - www.betania.es

24 de mayo de 2009

De par en par el cielo - La Ascensión

“El Señor Jesús, después de hablarles a sus discípulos, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. Marcos 16.

“Un día vendrá la muerte, no sé de dónde…Yo estaré dormido. Y ella dirá: No quiero que despierte”. Rafael Maya nos presenta sin eufemismos un acontecimiento que a todos nos atañe. Sin embargo, al revivir desde la fe la ascensión del Señor, miramos sin terror nuestro final. Él nos ha abierto la puerta de los cielos.

Los cristianos de los primeros siglos recitaban, al igual que nosotros: Jesucristo “descendió a los infiernos, subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”. Luego los catecismos tradicionales comentaron estas verdades: El Señor “no bajó al lugar de los condenados, sino al lugar donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la redención”, nos dice el Padre Astete. Y agrega el Padre Deharbe: Cristo “bajó al seno de Abraham, para consolar y libertar las almas de los justos allí detenidas”.

Obviamente estas explicaciones se han dado desde una óptica hebrea, integrando el sentido de salvación que la Iglesia primitiva empezaba a clarificar. Hoy entendemos algo más, en un sentido menos literal y sin tratar de declarar punto por punto cómo realiza el Señor sus programas.

Un día, en la sinagoga de Nazaret, le piden a Jesús que haga la lectura. Y él, desenrollando el libro de Isaías, presenta la tarea que venía a realizar entre nosotros: “El Espíritu del Señor me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, y proclamar el año de gracia del Señor”. Al rededor de dos años y medio estuvo Jesús con sus discípulos. Ellos entonces pudieron verlo, escuchar sus enseñanzas, admirar sus milagros. Pero al subir al cielo comenzaba otra etapa: La de una presencia invisible, de la cual vivimos actualmente los cristianos.

Los relatos de los evangelistas sobre la ascensión del Señor ubican el acontecimiento cerca a Betania. Sobre el monte de los Olivos, según la tradición. San Lucas dice que una nube ocultó al Maestro ante los suyos. Que allí aparecieron unos ángeles. Que antes Jesús había enviado a los discípulos a predicar por todo el mundo. Pero los comentaristas nos hablan además de puertas y cerraduras. Porque, desde entonces, está expedito el camino a los cielos. Ya nuestra humanidad ocupa un lugar de preferencia en la gloria.

Un verso de san Juan puede servirnos de consigna a quienes vamos de camino: “Me voy a prepararos un lugar. Luego volveré y os tomaré conmigo para que donde yo esté, estéis también vosotros”. Sin embargo, ¿será hoy oportuno hablar del cielo? A una señora cuya hija había muerto, le preguntaron qué creía sobre ella. “Creo, respondió que ya goza de Dios, pero sería mejor que no me hablaran de temas importunos”. No obstante, el tema es central y definitivo para los discípulos de Cristo. No sólo para ser repensado los domingos, sino también los días laborables.

Porque el dilema continúa siendo válido: O no hay cielo, o sí hay. Si lo primero, el cristianismo el falso de arriba abajo, pues se fundamenta en la resurrección de Cristo y en la nuestra. O sí lo hay. Entonces vale la pena compartir con muchos nuestra esperanza. Mientras construimos este mundo, promesa y anticipo de la futura plenitud.

Gustavo Vélez, mxy - www.betania.es

18 de mayo de 2009

Una cuestión - 6º de Pascua

El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen con una intensidad especial algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos, para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.

«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata sólo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.

Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.

Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.

Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.

A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.


José Antonio Pagola - www.eclesalia.net

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría

Mario Benedetti. DEP.

13 de mayo de 2009

Un cuento...

En un país de África, llamado Benín, hace muchos, muchísimos años, vivían dos amigos. Uno se llamaba:“El más listo es uno” y el otro se llamaba: “El más listo es dos”
Todo el mundo se preguntaba por qué se llamarían así.
Un día, el rey, sorprendido también por aquellos nombres tan curiosos, los llamó a su palacio para interrogarles.
“El más listo es uno” llegó primero al palacio, y el rey le preguntó: ¿Por qué te llamas así?
-Yo me llamo “El más listo es uno”, porque soy tan listo que no tengo que preguntar nada a nadie ni aprender nada más.
“El más listo es dos” llegó después al palacio del rey, y este le preguntó: ¿Por qué te llamas así? El le contestó:
-Yo me llamo “El más listo es dos” porque siempre creo que debo consultar a los demás y aprender de ellos.
El rey, no sabiendo quién tenía razón, decidió hacer un concurso para saberlo, y les dio una calabaza a cada uno, que tendrían que devolver cuando pasaran tres años. En cada calabaza mandó meter dos palomas sin que ellos lo supieran.
Cuando “El más listo es uno” llegó a su casa, colgó la calabaza en el techo de su choza y esperó que pasaran los tres años.
“El más listo es dos” llegó a su casa, y no sabiendo qué hacer con ella, le preguntó a su vecino. Los dos miraron y remiraron la calabaza. Descubrieron que tenía una ranura. La abrieron y encontraron dos palomas dentro. Las sacaron y las metieron en una jaula. Les dieron de comer y de beber y les hicieron un nido. Las palomas tuvieron muchos hijos y hubo que hacer muchas jaulas y muchos nidos para todas.

Cuando pasaron los tres años “El más listo es uno” cogió su calabaza y se la llevó al rey. Este dijo que la abriera y descubrió que dentro estaban las dos palomas muertas.
“El más listo es dos” necesitó muchos amigos para que le ayudaran a llevar las jaulas.

Así quedó demostrado que es más listo el que pide ayuda a sus amigos y aprende de los demás. El rey, como ya era muy viejo y estaba cansado, decidió dejar de ser rey y en su puesto nombró a “El más listo es dos”. “El más listo es dos” reinó en Benín muchos años y fue un buen rey porque siempre consultaba a los demás antes de tomar una decisión.


Esta historia es una adaptación del cuento “La inteligencia”
del libro “El árbol y la liana” de Rafael Marco, S.M.A.
Es un cuento de la cultura Fon, del sur de Benín



Voy con las riendas tensas…
voy con las riendas tensas
y refrenando el vuelo
porque no es lo importante llegar solo ni
pronto,
sino llegar con todos y a tiempo.

León Felipe.