29 de octubre de 2009

Todos los Santos

Mateo 5, 1-12
CREER EN EL CIELO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIA, 28/10/09.- En esta fiesta cristiana de Todos los Santos, quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.
Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.
Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.
Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.
No me resigno a que Dios sea para siempre un "Dios oculto", del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.
Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

21 de octubre de 2009

¿Quiénes son los "Bartimeos" de hoy?

1.- Hace dos semanas leíamos como el joven rico le decía a Jesús: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. La semana pasada, los Zebedeos le decían: “Queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. Hoy es el mismo Jesús el que le dice al ciego Bartimeo: “¿Qué quieres que haga por ti?” ¡Vaya pregunta! Si Jesús nos la hiciera a cada uno de nosotros, ¿qué pediríamos? ¿Pediríamos la salvación, como Bartimeo? ¿O pediríamos satisfacer nuestras necesidades materiales? Es interesante pensarlo. Para centrar este evangelio de hoy, voy a irme atrás en el tiempo, a donde nos lleva la primera lectura. El pueblo de Israel ha vivido en el destierro de Babilonia. Han perdido su propia tierra, su Templo, y piensa que hasta Dios se ha olvidado de ellos. Pero llega el momento de volver a Jerusalén. Y lo hacen unos pocos, “el resto de Israel”, pero lo hacen con alegría. “Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas”. Algunos de ellos se quedan “al borde del camino”, por su enfermedad, sinónimo de su pecado para la mentalidad judía, que les impide vivir con dignidad.

2.- Precisamente en las afueras de Jericó está Bartimeo. Está sentado “en los márgenes de la vida” pidiendo limosna. No puede hacer otra cosa. Su condición de ciego ha hecho que la sociedad le rechace y lo arrincone por pecador, porque “no es ni piensa como nosotros”. Pero… ¡qué curioso! Son precisamente los pobres, los “arrinconados”, los primeros en reconocer a Jesús: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. Para un judío como Bartimeo, llamar a alguien “Hijo de David” era reconocerle como el Mesías. Este pobre ciego arrinconado, que no ve exteriormente, ha sabido “ver” y descubrir a Jesús como el Mesías Hijo de Dios.
“Ánimo, levántate, que te llama”. Jesús reconoce la fe de Bartimeo y pone en juego a sus seguidores, a la comunidad. Es precisamente la comunidad la que acoge al ciego, le anima, le pone en pié y le ayuda a reconocer la llamada de Jesús a una vida más digna. Esa es la tarea que en la Iglesia Dios nos invita a hacer con los “arrinconados” de hoy. El ciego Bartimeo se comporta como un auténtico discípulo. Primero testimonia y proclama su fe en Jesús de Nazaret como Mesías, después la traduce en oración perseverante y confiada, y finalmente se libera de lo que le impide un encuentro personal con Jesús e, iluminado por Él, le sigue. “Anda, tu fe te ha curado. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Es una auténtica lección la que Jesús nos da hoy en este evangelio a nosotros, sus discípulos, para que no nos olvidemos de los más pobres y de nuestro compromiso con ellos.

3.- ¿Quiénes son los “Bartimeos” de hoy? ¿A quién encontramos tirados “al borde del camino” de la vida? ¿Qué produce estas situaciones? ¿Qué papel jugamos nosotros como cristianos ante estas realidades? A Jesús le pedimos, como el ciego, que “veamos” estas realidades, que no pasemos de largo, que nos convirtamos en “prójimos” de los “arrinconados” por la sociedad. Caritas, Pobreza Cero y muchas otras organizaciones, cristianas y no cristianas, ya están “embarcadas” en esta tarea de hacer del mundo un lugar mejor y más digno para todas las personas, sin distinción. Así nos lo enseñó Jesús de Nazaret. El Evangelio abre siempre nuevas posibilidades de una vida más digna y más justa para todos, nuevas esperanzas, nuevos retos…
Al sentarnos hoy “alrededor de la mesa” de la Eucaristía nos comprometemos a ser esa comunidad de discípulos del Nazareno que abre sus puertas, sus corazones y sus vidas a los “preferidos” de Jesús, a ser una Iglesia más acogedora y más samaritana.

Por Pedro Juan Díaz

16 de octubre de 2009

Globos y tizas

Una enorme caja de madera esperaba en la estación de ferrocarril, hasta que fue transportadaal vagón correspondiente. Dentro de ella había un montón de objetos: globos, tizas, medicamentos, fregonas y escobas, bebidas alcohólicas, tabaco, instrumentos musicales, un saxofón, dos trompetas, una guitarra y, en una pequeña caja alargada, una batuta propiedad del director de la banda musical.
¿Qué destino podía tener esa misteriosa caja con tantos utensilios? No era otro que el de un
pequeño pueblo perdido en las montañas y que, sobre todo en invierno, quedaba frecuentemente aislado durante varias semanas. En esas ocasiones la Alcaldesa solicitaba los elementos necesarios para la vida del pueblo en los siguientes meses.
Además se acercaban las fiestas en honor de la Virgen María y todo tenía que estar dispuesto con antelación. Así que -como os cuento- desde la capital de la región enviaron todo lo necesario en aquella caja que transportaba el tren.
Nuestros amigos, los objetos, llegaron a escuchar en la estación de ferrocarril que iban a un
pueblo de la montaña. Seguían intranquilos, deseosos de conocer cómo sería el lugar y las
personas del pueblecito aquel. Fregona estaba un poco mareada porque los cigarrillos estaban de fiesta y habían invitado a una botella de coñac. Las cometas saltaban de alegría porque desde un hueco de la caja de madera se veía la ventanilla y alcanzaba a divisarse el paisaje verde y frondoso. Corría el viento, arremolinando las copas de los árboles: ¡Cuántas piruetas fantásticas -pensaban- podrían realizar por las nubes! Los medicamentos eran muy serios. Decían que no podían agitarse ni moverse y que, de seguir subiendo la temperatura, avisarían al revisor para cambiarse a un lugar más fresco.
En el centro del cajón se apreciaban unas bolsas grandes que contenían unos seres extraordinariamente bellos por sus mil colores. Eran los globos. Encima de las bolsas se podía leer: "Para las fiestas del pueblo". ¡Qué contento estaba el señor globo rojo! Pensaba que la gente del pueblo ya les estarían esperando, sobre todo los niños.
Las banderitas de colores que representaban a muchos países del mundo, por su parte, también esperaban el momento de lucir sus dibujos por todos los rincones de las calles y de la plaza principal.
Más adentro, en el fondo de la caja, estaban los utensilios pedidos por los maestros y maestras del pueblo para la escuela. Estaban algunos mapas, un esqueleto de madera (muy divertido, porque chiscaba con sus dientes mondos y guiñaba el hueco del ojo a las balletas que, por momentos, se sonrojaban y reían sin parar), unos libros de lengua, de física y química, de filosofía, de dibujo, de religión y de matemáticas. Correteaban por
aquellas profundidades unos lapiceros, perseguidos por las gomas de borrar, y un sacapuntas enfadadizo miraba, sentado sobre un diccionario de latín y con cara de "...ya te pillaré", a un lapicero apenas sin punta para escribir. Unas tizas, muy blancas y muy limpias, permanecían ordenaditas, silenciosas y sonrientes, detrás de unas planchas de corcho que servirían de carteleras en los pasillos del colegio.
Todos los objetos, en fin, se movían al ritmo del traqueteo del tren y se preparaban para interpretar la última melodía ensayada, una especie de vals. Los globos no podían remediarlo: eran un poco chulos. Con mucho disimulo, andaban diciendo a todos que el tren en que viajaban tenía como misión central la de transportarles a ellos para dar luz y colorido en las fiestas del pueblo; que no fueran a creer los demás que eran ni la mitad de importantes que ellos. Esos comentarios no cayeron bien entre los más agudos del grupo.
Así, los libros (que sabían un rato...) respondieron que hablaran tras conocer un poco mejor la realidad: el mundo era algo más que globos. Todos se mostraron de acuerdo con el libro de filosofía y aplaudieron a rabiar. La señora globo azul estaba que estallaba.
Menos mal que la batuta (con tanta experiencia en esos asuntos del desafine) puso un poco de orden. Dijo un montón de cosas interesantes -que ahora no sabría repetiros- y sólo se oyó un pequeño rumor en el fondo del cajón: eran las tizas; decían que es bonito hacer las cosas sin pedir nada a cambio.
El viaje, como podéis comprobar, pasó rápido y divertido. No faltaron mareos. La fregona y el cubo tuvieron que actuar, ¡y eso que el trabajo -les habían dicho- no comenzaría hasta llegar a su destino! Llegados a la estación del pueblo, primero bajaron tres señoras muy gordas, un matrimonio muy joven con cuatro niños pequeños y dos chicas, inmigrantes de Marruecos, que trabajaban en un banco del pueblo.
Allí estaban esperando el niño Teodoro y Juan, el secretario del Ayuntamiento, quien comprobaría si estaba en orden el pedido realizado por la alcaldesa. ¡Y bien que lo revisó todo! Sólo faltaban algunas cajas de aspirinas del botiquín. Creo que los cigarillos y la botella de coñac tenían algo que ver con el asunto... Terminó colocando todo en el furgón y se dedicó a repartirlo aquella misma mañana de mayo. Hacía un sol espléndido y en los charcos de la pasada lluvia de la noche se perdía el reflejo ondulante del vehículo del ayuntamiento.
Todos los objetos de utilidad para el pueblo a las pocas horas ya se encontraban en su destino para hacer más agradable la vida de sus habitantes. ¡Teníais que haber visto a todos
hacer aquello que les correspondía, del mejor modo que sabían!
Y, por fin, llegaron las fiestas del pueblo. El ambiente relucía con aplausos, sonrisas, abrazos y comidas en familia. Las banderitas de naciones ya anunciaban desde hace días los acontecimientos de la localidad. Después de la misa del domingo, en honor de María, la alcaldesa dijo unas palabras pidiendo a todos que escucharan con atención. Subrayó que no todos los habitantes de la tierra tenían la suerte que ellos; que muchos hogares, incluso no muy lejos, estaban en guerra; que morían o malvivían; y que en el pueblo se disfrutaba paz en abundancia. Por eso deseaba que todos pidieran al Señor de la vida y de la paz que les enseñara a respetarse y a vivir en fraternidad. Hubo unos minutos de silencio y... ¿a que no
imagináis quiénes aparecieron entonces? ¡Los globos! Estaban espléndidos. Inflados con gas hasta el límite, no podían ni hablar, pero sabían que todos les miraban y, particularmente los niños ni parpadeaban. Muchos era la primera vez que veían globos de tantos colores y a punto de elevarse sobre las montañas hasta pasear por el cielo azul. Lo que sí hicieron
los globos fue pedir aplausos y más aplausos ante la belleza de su actuación.
Surcaron el cielo y terminaron por alejarse como en otoño se mueve una hoja en el estanque: despacio, despacio. Teodoro y los otros niños después regresaron
a sus casas. Algunos, por la tarde, seguían con la mirada puesta en las nubes, por si cruzaba algún globo despistado. Fue sonado: muchos, hasta de mayores recordarían aquella suelta de globos.
En cambio en la escuela, casi sin enterarse de nada, permanecían las tizas. Ellas nunca pidieron aplausos, ni miradas, ni suspiros, ni esperaron el regreso de algún colegial que abrazara sus cuerpos blancos y ligeros. Ellas se regalaban todos los días. Gracias a su vida muchos aprendieron geografía, los ríos, la situación de las montañas y las cordilleras, cómo realizar las sumas, restas o divisiones y mil cosas más. Ellas sabían darse, regalarse, sin más. Cada día morían varias de ellas en el servicio, sin pedir nada. Sin pedir nada.
Teodoro recordará los globos, pero no a las tizas que le habían enseñado a hacer cuentas, palabras, frases, dibujos... Ahora me viene a la mente las palabras de la batuta cuando trataba de poner orden en la discusión del tren: "El que no vive para servir, no sirve para vivir".


Esteban Díaz Merchán



13 de octubre de 2009

Las piruetas de los nabos (San Rafael Arnáiz)

Una historia interesante. Rafael recién llegado a la Trapa. Sin nada de lo que hubiera tenido antes. Sólo. Frío. Invierno. Castilla. La Trapa. Os dejo con él:

(...)
El día está triste, unas nubes muy feas, un viento “si es no es” fuerte, algunas gotas de agua que caen como de mala gana y que lamen los cristales y, dominándolo todo, un frío digno del país y de la época.

Lo cierto es que aparte del frío, que lo noto en mis helados pies y refrigeradas manos, todo esto se puede decir que casi me lo imagino, pues apenas he mirado la ventana. La tarde que padezco hoy es turbia, y turbio me parece todo. Algo me abruma el silencio, y parece que unos diablillos están empeñados en hacerme rabiar, con una cosa que yo llamo recuerdos… Paciencia y esperar.

En mis manos han puesto una navaja, y delante de mí un cesto con una especie de zanahorias blancas muy grandes y que resultan ser nabos. Yo nunca los había visto al natural, tan grandes y tan fríos ¡Qué le vamos a hacer!, no hay más remedio que pelarlos.

El tiempo pasa lento, y mi navaja también, entre la corteza y la carne de los nabos que estoy lindamente dejando pelados.

Los diablillos me siguen dando guerra ¡¡Que haya yo dejado mi casa para venir aquí con este frío a mondar estos bichos tan feos!! Verdaderamente es algo ridículo esto de pelar nabos, con esa seriedad de magistrado de luto.

Un demonio pequeñito, y muy sutil, se me escurre muy adentro y de suaves maneras me recuerda mi casa, mis padres y hermanos, mi libertad, que he dejado para encerrarme aquí entre lentejas, berzas y nabos.

El día está triste… No miro la ventana, pero lo adivino. Mis manos están coloradas, coloradas como los diablillos; mis pies ateridos… ¿Y el alma? Señor, quizás el alma sufriendo un poquillo… Mas no importa…, refugiémonos en el silencio.

Transcurría el tiempo, con mis pensamientos, los nabos y el frío, cuando de repente y veloz como el viento, una luz potente penetra mi alma… Una luz divina, cosa de un momento… Alguien que me dice que ¡qué estoy haciendo! ¿Qué estoy haciendo? ¡Virgen Santa!! ¡qué pregunta! Pelar nabos… ¡pelar nabos! ¿Para qué?... Y el corazón dando un brinco contesta medio alocado: pelo nabos por amor…, por amor a Jesucristo.

(...)

En el mundo se desaprovecha mucho, pero es que el mundo distrae… Tanto vale en el mundo el amar a Dios en el hablar, como en la Trapa en el silencio; la cuestión es hacer algo por Él…, acordarse de Él… El sitio, el lugar, la ocupación, es indiferente.

Dios me puede hacer tan santo pelando patatas que gobernando un Imperio.

Qué pena que el mundo esté tan distraído…, porque he visto que los hombres no son malos…, y que todos sufren, pero no saben sufrir…

Si por encima de la frivolidad, si por encima de esa capa de falsa alegría con que el mundo oculta sus lágrimas, si por encima de la ignorancia de lo que es Dios, elevaran un poco los ojos a lo alto…, seguramente les ocurriría lo que al fraile de los nabos…, muchas lágrimas se enjugarían, muchas penas se endulzarían y muchas cruces se amarían para poder ofrecerlas a Cristo.

Cuando terminó el trabajo, y en la oración me puse al pie de Jesús muerto…, allí a sus plantas deposité un cesto de nabos peladitos y limpios… No tenía otra cosa que ofrecerle, pero a Dios le basta cualquier cosa ofrecida con el corazón entero, sean nabos, sean Imperios.

La próxima vez que vuelva a pelar raíces, sean las que sean, aunque estén frías y heladas, le pido a María no permita se acerquen los diablillos rojos a hacerme rabiar. En cambio, le pido me envíe a los ángeles del cielo, para que yo pelando y ellos llevando en sus manos el producto de mi trabajo, vayan poniendo a los pies de la Virgen María rojas zanahorias; a los pies de Jesús, blancos nabos, y patatas y cebollas, coles y lechugas…


En fin, si vivo muchos años en la Trapa, voy a hacer del cielo una especie de mercado de hortalizas, y cuando el Señor me llame y me diga basta de pelar…, suelta la navaja y el mandil y ven a gozar de lo que has hecho…, cuando me vea en el cielo entre Dios y los santos, y tanta legumbre…, Señor Jesús, no podré por menos de echarme a reír.

8 de octubre de 2009

11 de octubre: XXVIII Domingo de Tiempo Ordinario

CAMBIAR NUESTROS ESQUEMAS PARA SEGUIR A JESÚS
Por José María Martín OSA

1.- ¿Qué haré para heredar la vida eterna? Una pregunta que cada vez se hacen menos personas en este mundo nuestro en que parece que interesa más lo inminente que lo trascendente, lo inmediato que lo lejano, lo de tejas para abajo que los asuntos del cielo. Sin embargo, el hombre no puede engañarse a sí mismo y, tarde o temprano, tiene que hacerse esta pregunta. Porque todos queremos vivir y que la vida no se acabe nunca. ¿Qué hacer para poseer la "Vida" auténtica? Vive a tope, goza, no repares en nada, aprovéchate lo que puedas, enriquécete lo más rápido posible, no te preocupes por nada, vive el presente.
¡Qué ingenuo puede parecer Jesús para muchos hombres y mujeres de hoy que piensan así! ¿Cumplir los mandamientos? Es muy difícil, casi imposible, "comamos y bebamos..." Pero Jesús nos diría hoy lo mismo: "Ya sabes los mandamientos, ¡practícalos!". No creo que Jesús entienda "el cumplir" como lo entendían los fariseos, que se contentaban con el cumplimiento externo de la ley. Él habla de otra cosa, de vivir lo que dicen los mandamientos, no simplemente de no hacer lo prohibido. Quiere que veas el lado positivo: donde dice "no matarás", te dice "trabaja para que todos tengan una vida digna".

2. - Una cosa te falta...Es curiosa la reacción de la persona que pregunta a Jesús, joven o viejo da igual, pues trata de justificar que ha cumplido todos los mandamientos desde pequeño. Nosotros podríamos decir algo parecido: si desde niño he ido a misa, si he procurado no meterme con nadie, si he cumplido religiosamente con la Iglesia, si he guardado el ayuno y la abstinencia. Una cosa te falta... Una fotocopia de un texto utilizado en catequesis de jóvenes decía algo así: "Eres joven, eres rico, ¿qué más quieres Federico?". Pero el joven se da cuenta de que no es feliz, a pesar de todas sus riquezas y que le falta una cosa, algo que llene su vida de verdad y comienza a desprenderse de todo lo que le sobra y en el fondo le pesa y le estorba. Y descubre que se puede ser feliz de otra manera, "desprendiéndose" de toda la carga material que lleva. Sólo así queda ligero de equipaje para seguir a Jesús. Está claro en el evangelio: "anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme". Aquella persona se marchó triste porque le costaba mucho dejar sus bienes, lo mismo que a nosotros nos cuesta darnos cuenta de que estamos metidos en una tela de araña, el consumismo, de la cual nos es muy difícil salir.

3.- Jesús deja claro que es muy difícil compaginar riquezas y Reino de Dios. Y no porque los bienes materiales sean malos en sí -los judíos creían que eran signo de la bendición de Dios- sino porque muchas riquezas "son baratas", son obtenidas por medios injustos o en todo caso convierten a la persona en "esclavo" del dinero, insensible a la miseria en que vive gran parte de la humanidad. ¿Que decir de la especulación del suelo y de los negocios inmobiliarios? Ahora comprendemos lo del camello y el ojo de la aguja. Algunos decían que el ojo de la aguja era el nombre de una de las puertas de entrada a Jerusalén donde mal que bien podía entrar un camello. Sea como sea, lo que está claro es el sentido que Jesús quiere dar a esta expresión. Sin embargo, alaba la generosidad, la gratuidad de aquellos que habiéndolo dejado todo reciben en este mundo cien veces más y además la vida eterna. ¡Qué gran verdad! ¡Qué feliz es aquel que elige ser pobre y austero, que se conforma con lo necesario para vivir y tiene libertad de espíritu para seguir a Jesús!

4 - Si consideras que "ya eres bueno" porque cumples, presta atención, quizás necesitas un poco de conversión. No basta con contentarse con lo mínimo, con lo fácil, con aquello que no compromete mis seguridades. Dios te pide algo más, tu corazón te pide algo más, una cosa te falta... intenta compartir tus dones, no solo los materiales, con tu prójimo y entonces encontrarás la Vida plena aquí, y también la eterna si te preocupa el futuro y no sólo el momento presente.

2 de octubre de 2009

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

27 Tiempo ordinario ( B ) Marcos 10,2-16
ACOGER A LOS PEQUEÑOS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 30/09/09.- El episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.

Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.

Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.

Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.

La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.

El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.

El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde éstos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.

(Boletín informativo Eclesalia).